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6- EL SENTIDO DE LA VIDA

 
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admi
Administrador


Registrado: 23 Abr 2004
Mensajes: 43

MensajePublicado: Mie May 21, 2008 7:11 pm   Responder citando

Título del mensaje:
6- EL SENTIDO DE LA VIDA

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La llegada a este mundo maravilloso entre contracciones, apreturas y gritos, más que golosas expectativas te crea una sensación terrorífica parecida a la que sentimos viendo las películas de Stephen King, pero claro, no estás sentado en el patio de butacas: te han dado, sin pedirlo, el papel de protagonista. Sales del oscuro túnel -si tienes suerte de cabeza- gracias al fuerte tirón de la matrona, y apareces arrugado, de color morado. Estás cansado, muy cansado, manchado de sangre y líquido amniótico. A modo de bienvenida te seccionan de cuajo la única fuente de alimentación que conoces, y acto seguido te atizan una castaña en el culito para darte opción a expresar tu disconformidad. Te pinchan en la planta del pie y, si eres niña, encima te agujerean las orejas. Empiezas a navegar entre pañales, teta o biberón -según la modernidad de tu madre-, con el arma exclusiva del llanto como vocabulario. Serio problema: tus padres no tienen código identificativo para descifrar tus quejidos. Si vas mojado te dan potitos, si te duele la tripita te sacan a pasear, si sale un diente te cambian los dodotis y si lo que quieres es jugar, te acurrucan y, ¡hala!, a la cuna. Un inevitable complejo de incomprensión brota en tu subconsciente y va aumentando para explotar, más tarde, en la pubertad.

Una vez conseguida la plena compenetración con tus progenitores comienza una etapa tranquila en la que, por necesidad, te llegas a creer que son imprescindibles. Tu desarrollo marcha sobre ruedas hasta que llega el día en que el inteligente padre se muestra incapaz de solucionar tus problemas con las matemáticas -esto suele ocurrir con la entrada en el contexto de las ecuaciones de segundo grado-. La caída de los dioses se confirma con las continuas palizas a las que le sometes -pobrecito- jugando al futbolín. Tu madre sigue cocinando, chillando, mandándote a la ducha, comprando ropa cutre e imponiendo el horario de recogida. La lucha diaria termina en una conclusión: no te comprenden, están desfasados, no se enteran... son viejos. Las discusiones acaban con tus huesos en la cama, castigado, mirando con deseo el póster de Brigitte Bardot. Esta situación finaliza cuando decides cambiar las trifulcas familiares por los duetos. Te vas a vivir con otra persona, del sexo opuesto mayormente, y cuando muere la llama del amor -ese sentimiento tan abstracto- se establece una lucha que va in-crescendo sin que nadie sepa a qué viene y dónde conduce, en la cual llevas siempre las de perder, y si por desgracia vences, peor te va: el enemigo se cierra en palabras y piernas sometiéndote a un severo ayuno carnal bajo monólogos con duración mínima de una semana. Cuestión genética, supongo. El tema acaba inexorablemente en divorcio o embarazo, según la paciencia de cada uno.

Si sigues en la misma película, con la llegada de los niños te percatas de tu mala suerte. Has nacido fuera de tiempo: la evolución ha invertido los papeles y ahora son los hijos quienes mandan. Te han usurpado el derecho a manejar el mando a distancia, se han cargado el jarrón de porcelana china con un pelotazo, tienes que leer tus cosas en el lavabo y no te queda ni el desahogo de ganarles una partida al futbolín: ahora van de videojuegos y en eso eres un negado. El tren de la impotencia inicia su marcha y no se detiene hasta la estación de la debacle. Te sientes inútil, agobiado, maltratado... Entras en una crisis de identidad de esas que no te encuentras a ti mismo en el espejo, muy parecido a lo que ocurre al tener muchos nicks registrados. Pero pasan los años y, por fin, en un segundo de cordura, se enciende la luz que indica la salida. ¡Oremus!

Aquella mañana te levantas temprano, suscribes un plan de pensiones y acto seguido reservas plaza en una residencia de lujo para la tercera edad. Ya está, arreglado: el gozo para el futuro. Regresas al “hogar dulce hogar”, te sientas en tu butaca favorita, enciendes un cigarrillo, cierras los ojos y te relajas pensando lo bien que vivirás cuando estés aparcado allí, entre jardines y preciosas enfermeras. Entonces llega el niño interrumpiendo bruscamente tus fantasías:

- Papá, ¿por qué sonríes?.

- Por nada majo... estoy empezando a degustar el verdadero sentido de la vida.

Harpo


 
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